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El ejercicio físico reduce el riesgo de enfermedad de Parkinson

• Un metanálisis con 8 estudios y medio millón de participantes demuestra que la realización de ejercicio físico reduce el riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson.

• Por grupos según el género, el efecto fue significativo en varones pero no en mujeres.

• Este efecto fue más marcado en el caso de actividad física alta (ejercicio frecuente y a alta intensidad); en concreto, los sujetos que realizaron una actividad física alta presentaron una reducción del riesgo de desarrollar Parkinson de un 29% comparado con aquellos que realizaron una actividad física moderada o baja.

• La actividad física se relaciona con mecanismos como la liberación de factores de crecimiento neurotróficos, estimulación de la función dopaminérgica y reducción del estrés oxidativo, que podrían proteger contra el desarrollo de Parkinson.
Sabemos que realizar ejercicio físico es saludable y reduce el riesgo de eventos cardiovasculares. La realización de ejercicio produce la liberación de factores de crecimiento y neurotróficos que protegen el cerebro, estimula la liberación de dopamina y reduce el estrés oxidativo, y se ha relacionado también su realización de forma frecuente en la edad media de la vida con una reducción del riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer o Parkinson. Sin embargo, hacer ejercicio reduce el riesgo, pero ¿cuánto?, ¿cómo es la relación entre la cantidad de ejercicio y el grado de reducción del riesgo? La respuesta es que no había hasta la fecha respuesta. Sin embargo, se publica en JAMA NEUROLOGY un trabajo que permite responder a esta importante cuestión.
El objetivo del estudio fue conocer la relación entra la cantidad de ejercicio físico realizado (como si de un fármaco se tratara, “dosis” de ejercicio) y el riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson. Para ello dos investigadores (de China) realizaron una revisión sistemática de todos los estudios prospectivos sobre realización de ejercicio físico y riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson. La metodología empleada fue de metaanálisis, lo que les permitió juntar globalmente todos los casos para poder hacer un análisis de todo el conjunto, obtener unos resultados y establecer unas conclusiones. Incluyeron estudios publicados hasta el 28 de febrero de 2018. Las bases consultadas fueron PUBMED, EMBASE y WEB OF SCIENCE. No excluyeron trabajos por idioma. Los trabajos incluidos tenían que cumplir 4 criterios: 1) que fueran prospectivos; 2) la exposición a la actividad física debía ser el aspecto fundamental del estudio; 3) el objetivo del estudio debía ser medir la incidencia de enfermedad de Parkinson y su relación con el ejercicio; 4) debían expresar el riesgo con intervalos de confianza del 95%.
Excluyeron trabajos retrospectivos, en animales, duplicados, abstracts no publicados y trabajos no originales (comentarios, revisiones, etc.). Dos investigadores independientes realizaron la búsqueda. En caso de discrepancias, un tercer investigador desempataba. En todos los estudios la cantidad de actividad física realizada fue la reportada por el participante y fue recogida mediante entrevista con cuestionarios (es decir, no demostrada como tal). Clasificaron en actividad física baja, moderada o alta.

Inicialmente encontraron con los términos de búsqueda que emplearon 5.088 artículos en PUBMED, 4.978 en EMBASE y 2.907 en WEB OF SCIENCE. Después de un proceso exhaustivo de revisión, sólo 8 estudios publicados en 7 artículos fueron seleccionados e incluidos en el análisis. De los 8 estudios, 6 fueron llevados a cabo en Estados Unidos, 1 en Finlandia y 1 en Suecia. Todos fueron estudios de cohortes (seguían una población y observaban cuantos desarrollaban Parkinson y establecían la relación con la realización de ejercicio) excepto 1 estudio que fue de casos y controles (compararon pacientes con Parkinson con sujetos sin Parkinson para establecer la relación con la realización de ejercicio físico). Muchas de las cohortes eran de personas relacionadas o vinculadas al ámbito de la salud (personal sanitario, enfermería, estudiantes, etc.); 2 estudios fueron sólo en varones, otros 2 sólo en mujeres y el resto tanto en varones como mujeres. El total de participantes fue de 544.336 y de 2.192 pacientes con enfermedad de Parkinson con una mediana de seguimiento de 12 años (variaba desde los 6 años hasta los 22 años). La calidad de los estudios varió de 6 a 9 sobre 10 aplicando la escala de Newcastle-Ottawa, siendo 6 en un estudio (calidad moderada) y de 7 a 9 en el resto (alta calidad).
Sólo en 1 de los 8 estudios se observó de forma significativa una relación inversa entre ejercicio físico y riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson. Sin embargo, el análisis en conjunto de todos los datos demostró un riesgo relativo (RR) de 0.79 con un intervalo de confianza del 95% de 0.68 a 0.91 (cuando hay reducción del riesgo el valor del RR será menor de 1 y cuanto más próximo a 0 mayor reducción; si es significativo desde el punto de vista estadístico, los rangos del intervalo de confianza del 95% estarán por debajo de 1 y quiere decir que el 95% de la población tiene un RR comprendido entre los rangos y por lo tanto menor de 1), lo que demuestra que realizar ejercicio físico en conjunto se asocia a una reducción del riesgo. Considerando por grupos en función del grado de actividad física (baja, moderada, alta), la realización de actividad física baja no se asoció significativamente a una reducción del riesgo (RR de 0.86 pero intervalo de confianza del 95% entre 0.60 y 1.23).
Sin embargo, analizando el subgrupo de los que llevaban a cabo actividad física moderada a alta, si hubo una reducción significativa del riesgo (RR de 0.71 con un intervalo de confianza del 95% de 0.58 a 0.87). En concreto, los sujetos que realizaron una actividad física alta presentaron una reducción del riesgo de desarrollar Parkinson de un 29% comparado con aquellos que realizaron una actividad física moderada o baja. La relación entre actividad física alta y reducción del riesgo se mantuvo independientemente de la región geográfica, tiempo de seguimiento, población o calidad del estudio. Algo destacable fue que en el sub-análisis por género, la relación inversa entre ejercicio y riesgo de desarrollar Parkinson fue más robusta en los varones, tanto cuando se consideró actividad física en general (RR de 0.68 con intervalo de confianza del 95% de 0.54-0.87) como sólo moderara a alta (RR de 0.68 con intervalo de confianza del 95% de 0.57 a 0.82). Sin embargo, el análisis no resultó significativo en mujeres.

Algunas limitaciones del estudio es que el ejercicio realizado fue considerado en base a respuestas de cuestionarios y no medido, que la clasificación por grupos de actividad física fue en base a tal testimonio por parte del participante, sesgos de selección y otras variables no incluidas o el hecho de que no se pueden descartar que algunos sujetos incluidos ya tuvieran una enfermedad de Parkinson preclínica (sin síntomas) en el momento de la inclusión. Aunque los resultados en mujeres no fueron concluyentes sería prematuro concluir que el ejercicio no protege a las mujeres porque entre otras cosas sólo en 4 de los 8 estudios participaron mujeres y en todos menos en 1 de estos 4 hubo menos de 150 mujeres con Parkinson. Queda igualmente por aclarar bien, dado que no es algo que no especifican, el tipo y cantidad de horas de actividad física en cada grupo. Lo que está claro es que actividad física alta es ejercicio semanal varias veces por semana de alta intensidad, incluyendo aeróbico, y eso es lo que más protege. Probablemente sea lo que provoque más liberación de factores tróficos y reducción estrés oxidativo. Más estudios que incluyan biomarcadores son necesarios para poder conocer en profundidad si el ejercicio reduce el riesgo y por qué mecanismos.


DIEGO SANTOS GARCÍA
NEUROLOGÍA, CHUF (COMPLEJO HOSPITALARIO UNIVERSITARIO DE FERROL), FERROL, A CORUÑA

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